“Los políticos hablan pero no dicen.
Los votantes votan pero no eligen.
Los medios de información desinforman.
Los centros de enseñanza enseñan a ignorar.
Los jueces condenan a las víctimas.
Los militares están en guerra contra sus compatriotas.
Los policías no combaten los crímenes, porque están ocupados en cometerlos.
Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan.
Es más libre el dinero que la gente.
La gente está al servicio de las cosas.”

Eduardo Galeano

Esa falta de voluntad en legitimar al Estado, en crear las reformas a las leyes, instituciones y políticas públicas, provoca quietud del Estado que contrasta con la serie de fenómenos que en los tiempos actuales exigen cambios, a saber los avances científicos, los cambios tecnológicos, la expansión del mercado, pareciera que el Estado y su organización no se desarrolla, se justifica, no busca cumplir con sus fines, pues su fin es su propia subsistencia, por ello es que hoy lo observamos ineficaz, superado por los problemas, pues solamente da respuestas, pero no soluciones.

Así la sociedad percibe en sus funciones, servicios y organización que es tardo para reaccionar ante las contingencias, aturdido para resolver. Cita Eduardo Balestena respecto a la problemática de la administración de justicia: “hay que sacar más trabajo porque estamos tapados por el cúmulo de tareas. Si entran diez expedientes por día y salen cuatro, queda una rémora de seis… creando un atraso geométrico…” (Balestena, Eduardo, “La Fábrica Penal”, B de F, Buenos Aires, 2006) De esta forma es común que, no obstante la presencia cada vez mayor de los derechos humanos, de los observadores nacionales e internacionales respecto a las funciones de las autoridades, de las estadísticas visibles permanentemente y de la exigencia de eficacia de los derechos de los gobernados, se vea en los expedientes de los juzgados, tribunales y órganos gubernamentales contestaciones de peritos, funcionarios, inspectores, con la siguiente leyenda: “Téngase al perito oficial dando contestación… manifestando su negativa de aceptar y protestar el cargo en razón de que … tienen una carga de trabajo actual excesiva, … lo que no le permite aceptar ningún trabajo más… además en el caso de que se le obligue a aceptar este cargo sería atentatorio a su integridad emocional, independencia mental y libertad de criterio, debido al gran estrés adicional que le ocasionaría el cumplimiento en tiempo y forma de los trabajos adicionales solicitados…” (Expediente de amparo 543/2015) Es evidente que, el trabajo y servicio actual tan mecanizado en los órganos del Estado, -que desde luego no se observa únicamente en los empleos del gobierno- provoca seres autómatas en el empleo, indiferencia en el resultado de su empeño laboral, y por ello se “olvida” o bien, pasa a un tercer término el preguntarse para que se trabaja, la finalidad de este trabajo, el “por qué” se lleva a cabo esa labor. En resumen, trabajos mecanizados que han provocado, como insisten en recordarlo diversos historiadores, juristas, sociólogos, la responsabilidad “de nadie”. Por ello es que, observamos frecuentemente que, en los medios de comunicación las partes policiales, las entrevistas a los inspectores, procuradores, jueces se sostenga que las investigaciones judiciales permitirán “deslindar responsabilidades”, en lugar de fincar las mismas.

El inconveniente de este desinterés generalizado por el resultado y los fines del trabajo, es lo que llegó a provocar el holocausto causado por los alemanes a partir de 1942, en palabras del sociólogo Z. Bauman: “La abrumadora mayoría prefirió cerrar los ojos, no escuchar nada y, sobre todo, cerrar la boca. La destrucción masiva no iba acompañada del alboroto de las emociones, sino del silencio muerto de la indiferencia.” (BAUMAN, Zygmunt, “MODERNIDAD Y HOLOCAUSTO” Ediciones sequitur, Madrid, 2010) Esa indeferencia por conocer y pensar el resultado de los empleos del Estado nazi fue lo que ocasionó ese genocidio, como se desprende de la causa penal a Adolf Eichmann en Jerusalén en el año de 1961, general del ejercito inculpado por el exterminio de millones de judíos que confesó: “Durante toda mi vida he estado acostumbrado a la obediencia incondicional. ¿Qué me habría aportado la desobediencia? ¿Y a quien habría beneficiado? En ningún momento entre 1935 y 1945 me estuvo permitido implicarme en la planificación, la definición de principios o la toma de decisiones en relación con los sucesos que tuvieron lugar durante esos diez años.” (MULISCH, Harry. “El juicio a Eichmann. Causa Penal 40/61” Ariel, México, 2014) es decir, asumió que no era responsable, pues estaba acatando ordenes, además que, nunca se preocupó, ni le importó, cual era el resultado de sus horas de trabajo.

De este juicio se desprendieron múltiples conclusiones, para Hanna Arendt, (“Eichmann en Jerusalén” Lumen, Barcelona, 2003) el Estado moderno como hoy lo conocemos es el que genera esta serie de atrocidades y genocidios, precisamente porque nadie es responsable, y el desinterés por los demás es la práctica común de nuestro comportamiento, como lo confirmó el Papa Francisco el 8 de julio de 2013, después de la tragedia de Lampedusa, España (la muerte de inmigrantes balseros africanos): “En nuestro mundo, hoy, nadie se siente responsable hemos perdido el sentido de la responsabilidad…” Justamente, ese desinterés por las cosas, por las acciones y por el trabajo en las instancias gubernamentales es lo que provoca y alimenta esa percepción del Estado Tóxico.

Silvino Vergara Nava

Silvino Vergara Nava

Doctor en Derecho por la Universidad Panamericana, y la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Litigante en materia fiscal y administrativa. Profesor de Maestría en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la Escuela Libre de Derecho de Puebla.
Silvino Vergara Nava

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