Gustavo Rosas

En una familia todos crecemos

corazonEs de noche, esta semana estoy a cargo de mis hijos porque mi esposa fue a un curso fuera de la ciudad, en esta oportunidad de convivir los veo cómo han crecido y no puedo evitar analizarme como padre. Te confieso que no me evalúo muy bien, siento que he quedado a deberles mucho.

Yo pensaba que mis padres lo sabían todo y lo podían todo, de ese pensamiento surgieron muchas de mis seguridades y también muchas de mis frustraciones, con esa idea equivocada, a la que me aferré por muchos años, no les daba ninguna oportunidad para fallar, ni para corregir, ni para cansarse. Me aplico esto mismo en mi crítica personal.

Hoy veo, por mis propias limitaciones y remordimientos, que la paternidad no es en sí misma una transfusión ni de sabiduría ni de infalibilidad. Llevo casi 19 años como padre y puedo ver mis fallas y mis aciertos, sin duda te digo que ni unos ni otros han sido siempre intencionales, muchas veces ha sido como tirar los dados con el resultado que el azar produjo.

Dicen que “uno crece con los daños y no con los años”, citando a Bucay esto es una “verdad montaña”, que se nos aplica por igual tanto a los padres como a los hijos. Del aprendizaje de la falla podemos llegar al acierto.

En una familia todos crecemos al mismo tiempo, parece que solo los hijos son los que crecen sin parar, sin embargo también uno puede crecer como padre cada día, claro que para crecer es necesario querer aprender y ahí está el problema, la idea equivocada de que los padres “tenemos la razón porque buscamos lo mejor para sus hijos” nos estorba, nos detiene y nos frustra. Nos terminamos aplicando a nosotros lo que les aplicamos en un tiempo a nuestros padres, por obvias razones si en ellos no era cierto en nosotros tampoco.

Indudablemente los padres que amamos a nuestros hijos “queremos lo mejor para ellos”, es cierto que “todo niño debe tener un héroe y ese héroe debe ser su padre”, es cierto que “en las buenas madres se materializa todo lo que puede decirse de la bondad y del amor”. Pero todo lo bueno que tienen los padres no debe ocultar la realidad: nadie por ser padre lo sabe todo ni lo puede todo. Por eso se valora a los padres que cada día son mejores, que son mejores como abuelos, que son mejores como “compañeros de oficio” del hijo adulto. Hoy amo más a mis padres por su esfuerzo que por sus aciertos, lo que un día critiqué para mi es ejemplo de un camino en el que más importa levantarse de las caídas que no fallar.

Los hijos tenemos mucho que agradecerles a nuestros padres por nuestro crecimiento, pero también los padres tenemos mucho que agradecerles a nuestros hijos por nuestro crecimiento personal, nos enseñamos mutuamente y nos ayudamos a crecer. Cuando Teresa de Calcuta dijo que “los mejores maestros son los hijos” expresó algo muy distinto a la creencia de que son los padres los únicos que enseñan, coincido con ella hoy que soy padre, veo que mis padres crecieron con sus hijos y hoy veo en ese crecimiento el verdadero ejemplo de lo que yo debo hacer como padre: crecer.

Me parece grandioso que no haya padres perfectos, eso indica que siempre podemos perfeccionarnos, eso nos da la oportunidad, a los que tenemos este papel, de modificar y corregir lo que no es correcto y de llegar a la plenitud, que no es otra cosa que el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros.

Si, como yo, eres padre o si eres madre sigue creciendo, no te frustres por aquello en lo que sientes que has fallado, se trata de aprender y mejorar para dejarles ese ejemplo a nuestros hijos. No te rindas.

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Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
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