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Cuando somos niños se nos ocurren más soluciones para resolver las situaciones complicadas que cuando somos mayores. Como adultos buscamos soluciones “adecuadas”, como niño te enfocas en todas las posibilidades, aunque algunas parezcan absurdas, para obtener lo que quieres y no te fijas en los obstáculos de la lógica convencional. Las soluciones, que en principio parecen descabelladas, terminan siendo genialidades cuando consiguen el objetivo.

En mis años de primaria la hora del recreo transcurría entre la lucha por comprar algo en la cafetería y el rato de juego.

La cafetería ofrecía muchas cosas que me parecían deliciosas pero cuyos precios sobrepasaban mi limitadísimo presupuesto. Una torta de frijoles de tres pesos y un refresco también de tres pesos no estaban a mi alcance con la moneda de cinco pesos que me daba mi mamá.

Entre las posibilidades de lo razonable estaban: uno, comprar alguna otra cosa para la que sí me alcanzara, dos, juntar mi moneda con la de algún amigo y compartir torta y refresco con la consecuente reducción de la porción de cada uno (en proporción inversa a la voracidad del otro), era eso o seguir un procedimiento “no convencional” que algún niño descubrió y que propagó para mi fortuna: se compraba primero el refresco, que entonces se vendía en las tan peligrosas como ecológicas botellas de vidrio, y cuando regresabas el envase te devolvían un peso de “importe”, juntando ese peso con los dos pesos que te quedaban podías comprar una torta de frijoles. Genial.

Una solución sencilla pero efectiva. Sin embargo, para poder llevarla a cabo se requerían dos virtudes: primero, tener paciencia para seguir el procedimiento. Segundo, ser cuidadoso para no romper la botella y así devolverla para recibir el peso que faltaba para completar la operación, había que correr el riesgo de no ser empujado por la turba infantil. Toda solución tiene sus bemoles.

En los años 70’s del siglo pasado a este tipo de soluciones creativas se les empezó a llamar pensamiento “fuera de la caja” (thinking out of the box), haciendo alusión a la solución de un acertijo que retaba a unir nueve puntos, formados como un cuadrado (la caja), con 4 líneas. La solución de este problema clásico está en llevar las líneas más allá de la “caja” de puntos.

En esta temporada de mi vida profesional “no veo lo duro sino lo tupido”, me he desgastado buscando soluciones a mis innumerables retos, de pronto no hallo caminos de salida y aprieto el paso dando vueltas en círculo. Hoy que me senté a pensar en soluciones me acordé del procedimiento para comer la torta y el refresco. Es tiempo de dejar de seguir los caminos trazados, me dije, y de buscar las rutas que están fuera de lo convencional.

Ya te iré contando qué se me ocurrió, por lo pronto voy a descartar lo que había planeado y voy a buscar en dónde quedó mi mirada de niño.

No te rindas.

Gustavo Rosas Goiz
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Gustavo Rosas Goiz

Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
Lo que sé: cuenta.
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