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Hace varios años platicaba con un amigo sobre las dificultades que se me presentaban entonces porque tenía un cliente muy exigente (como todos los buenos clientes), que había estado conmigo varios años y que posiblemente iba a perder porque ya “oía el canto de las sirenas” de la competencia.

Mi amigo me contó que unos años antes él se encontraba contrariado por la pérdida de su empleo y un amigo suyo le dijo algo que lo hizo cambiar su perspectiva, algo más o menos así: “Eduardo, estás preocupado porque eres “perro de casa”, te has acostumbrado a que te lleven diariamente tu plato de comida, hoy que ya no te van a arrimar el plato no sabes qué hacer. Yo en cambio soy “perro de la calle”, no tengo un plato seguro de comida y por eso todos los días salgo a buscarla, a veces como bien y a veces mal pero siempre como; no me preocupa si me dan o no de comer”.

Eduardo me dijo que él se convirtió desde entonces en “perro de la calle”. ¡Cierto!, pensé, ¿por qué me siento así si toda mi vida laboral he sido “perro de la calle”?, empecé comiendo muy mal y recibiendo muchas patadas y baldes de agua, aprendí muchos trucos para sobrevivir, recibí ayudas inesperadas, sume muchos compañeros de viaje y poco a poco fui encontrando lugares en los que pude alimentarme.

Han pasado los años y mi nuevo problema empezó, sin que me diera cuenta, cuando me “adoptaron” en una casa, no fue casualidad sino retribución a mi servicio, en esa casa el plato de comida ha sido diario, de pronto me sentí cómodo y empecé a angustiarme porque mis “trucos” ya no agradan tanto a quienes me han “adoptado”, ellos se han vuelto más que exigentes, un poco caprichosos.

De pronto me encontré preocupado por la llegada de otros con “trucos” diferentes, más dóciles y dispuestos, más nuevos, “caseros”, encantadores. Yo siempre he salido y entrado pero nunca me he quedado a dormir a los pies del sillón.

He sentido que “soy de casa” y eso me ha puesto una correa mental. Me pasa lo que a un perrito, que es gran cazador de ratones y ratas, propiedad de unas niñas que viven frente a mi despacho, se llama “coffee”, sus dueñas lo engañan poniéndole una liga en el cuello y entonces el coffee no se mueve y llora porque cree que está amarrado, es hasta que se la quitan cuando vuelve a moverse. Así he estado, con esa “liga” en el cuello.

Se me olvidó que llegué a esta casa desde la calle, cuidé a los que ella habitan aún sin ser de casa, agradezco el confort que me dieron.  Había olvidado que para comer tengo que salir a buscar, no esperar, tengo mi propia jauría. Debo recordarlo. Todavía no he perdido en las patas el polvo del camino, el corazón no se ha detenido, conservo la determinación en el espíritu, el camino y el cielo no han dejado de ser mis cómplices.

Voy, en este día, a cruzar nuevamente las calles despeinado, sin miedo, con la arrogancia y la mirada brillante que ven otros en aquel que es libre, conociendo a todos, haciendo amigos, cuidándome y defendiendo para no traicionar mis ideales, abierto a los cambios.

Es tiempo de dejar a un lado la comodidad…

La canción “Callejero”, de Alberto Cortez, que ha sido mi himno en muchas temporadas, dice lo que me grita mi espíritu:

*Era callejero por derecho propio
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.

Aunque fue de todos nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser
libre como el viento era nuestro perro
nuestro y de la calle que lo vio nacer.*

Te dejo aquí esa canción, con Ricard Miralles al piano acompañando a su autor.  Es un buen himno para todos los que elegimos emprender, correr aventuras, sumarnos a los aventureros y vivir así: teniendo por techo a las estrellas.

¿Volvemos a las andadas?

Gustavo Rosas Goiz
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Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
Lo que sé: cuenta.
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