Cuentoloquesecuenta

Trabajando y conviviendo con importantes empresarios, dentro de sus peculiares estilos de trabajo y diferencias individuales, me encuentro con un rasgo común entre ellos: su necedad. Intentaré explicarme.

Cuando ellos creen que algo es posible insisten e insisten, tercamente, pareciera que hasta la insensatez.  Insisten a pesar de que todos consideren que se están comportando de manera irracional, a pesar de las críticas, a pesar de que nadie más vea lo que ellos están viendo.  Insisten.  Muchos integrantes de sus equipos de trabajo, inclusive de alto rango, consideran que viven en “Jefelandia”.

El transcurso del proceso para conseguir lo que quieren no es de bajadita, dudan y se angustian, se desaniman, se desesperan… pero encuentran fuerza e insisten, buscan la manera y exploran nuevas rutas.

Al ver la necedad de estos hombres y mujeres he pensado que no perdieron nunca esa característica de la primera infancia en la que el niño (¡qué necio eres niño!) insiste por años hasta que logra lo que quiere.  “Tolerancia a la frustración” dirían los psicólogos.

Me acuerdo de la vez en que mi hijo mayor me dijo que quería un perro, le dije dulcemente que nuestra casa era muy pequeña para que viviera con nosotros un perrito, que un perro necesitaba muchos cuidados, que… “¡Quiero un perro!”, insistió.  Le dije que para su cumpleaños podría pedirlo de regalo, al fin -pensé- que en 5 meses se le olvidaría.

No tocamos más el tema.

Unos días antes de su noveno cumpleaños le pregunté qué quería como regalo y me dijo sin titubear: “un perro”. Yo le dije -Mira Gus, la casa es pequeña… -“Bueno, algo vivo”, me respondió. Empezamos con las tortugas y los peces, para que se le olvidara el perro.

En ese año nos mudamos a una casa un poco más grande y justo cuando nos mudamos siguió la insistencia por el perro. Busqué un libro de razas para perros, cientos de ellas, y le dije que revisara sus características para ver cuál se adaptaba a una familia con niños y una casa con jardín pequeño. Un respiro.

Justo cuando pensé que lo había olvidado un domingo a las 7 am me despertó para decirme que había encontrado la raza ideal, un “Scotch Terrier”. ¡Se tomó en serio la tarea! Problemas para mí, hasta que tuve otra idea (práctica dilatoria dirían los abogados), compré el periódico, lo hice cada Domingo, se lo di y le dije que buscara en el anuncio clasificado, – Cuando encuentres que venden un cachorro de esa raza te lo compro de cumpleaños… Pensé que había zanjado el asunto hasta que un domingo entró corriendo a mi cuarto y me dijo que había unas crías de “Scotch Terrier”, “¡Vamos a comprarlo Papá!” me resistí y cuando iba a decirle que después pronunció las palabras mágicas: “¡Tú me lo prometiste!”. Pues ahí me tienen contra todo pronóstico llevándolo por el perro, lo que me salvó (ese día) es que justo cuando estaba viendo a los cachorros se encontró con otros de raza Labrador que lo enamoraron y decidió revisar en el libro si un perro Labrador, a pesar de su tamaño, se adaptaba a lo que nosotros necesitábamos, tuve miedo de que encontrara una raza gigante que según el libro se adaptara a una casa pequeña.

Un par de meses después mi hijo, de casi 10 años, habló seriamente conmigo porque en su cumpleaños ahora sí esperaba un perro, estaba buscando cuando naciera otra camada de Scotch Terriers o de alguna otra raza que se adaptara mansamente a una casa pequeña. Esa fue la gota que derramó el vaso. No pude más. Lleno de remordimiento, aceptando mi derrota y sin ningún argumento para oponerme empecé a buscar yo mismo, encontré anunciada una camada de “Schnauzer miniatura” y fui a comprar al cachorro.

La necedad es uno de los otros nombres de la persistencia.  La necedad combinada con la visión es un arma de fuerza descomunal.

Insistir en lo posible no tiene tanto mérito, insistir en lo que se antoja imposible y lograrlo es genialidad pura. “Debió haber hecho trampa”, dirán los envidiosos, “era lógico” dirán los teóricos, “tuvo suerte” dirán los simplones.  Necedad pura y no pura necedad.

Hacen falta más personas que se especialicen en lo imposible.

 

Gustavo Rosas Goiz
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Gustavo Rosas Goiz

Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
Lo que sé: cuenta.
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