Dr. Silvino Vergara Nava

 

“Vivimos en un tiempo en el que las más insólitas injusticias sociales

y el más injusto sufrimiento humano no parecen ya generar

la indignación moral ni la voluntad política de combatirlos”.

 

Boaventura de Sousa Santos

 

Se habla de globalización a diario en cualquier noticia, en cualquier texto, en los medios de comunicación. Diariamente se deja escuchar esa palabra, y respecto a su significado algunos están de acuerdo y otros en contra; sin embargo, esa concepción de globalización no es muy clara, lo cual implica confusiones por su uso, que se ha generalizado en nuestros tiempos.

La globalización que conocemos como todo un sistema complejo económico, político, social y jurídico que traspasa las fronteras de las naciones, según se considera, inició desde el descubrimiento y la conquista del continente americano (Feinmann, José Pablo, “Crítica del neoliberalismo”, Planeta, Buenos Aires, 2016), cuando los europeos ―a los que actualmente se les denomina países centrales― dieron con el nuevo mundo, el nuevo continente, lo que provocó la comercialización y la explotación inmediata de los recursos de este lado del mundo ―a los que hoy se les denomina sur―: desde productos minerales y naturales hasta seres humanos. Basta con recordar las descripciones de fray Bartolomé de las Casas sobre cómo morían los naturales de esta región (De las Casas, Bartolomé, “Brevísima relación de la destrucción de las indias”, Alianza, Madrid 2014) ―se ha calculado que murieron cincuenta millones de personas―. Por otra parte, el intercambio se complementó con la filosofía y la teología de los europeos, por lo que el conocimiento humano, la ciencia y la tecnología siempre han sido percibidas como conocimiento occidental, esto es, de los países europeos, donde se incluyen, desde luego, los intereses de los Estados Unidos de América, lo que dejó fuera la cultura propia y de origen de esta región.

La actual globalización ha consistido en la pretendida hegemonía mundial de los países centrales, del sistema económico, político, jurídico y social que han exportado, así como de la dominación y explotación de los recursos naturales del resto del mundo, lo cual han provocado, en primera instancia, el control político de las tierras de América, África, Oceanía y parte de Asía, pero una vez que fueron independizándose políticamente estos países en los siglos XIX y XX, la dependencia se mantuvo, si bien no plenamente política, ha subsistido el control económico, a lo que se ha denominado la segunda fase del colonialismo (Zaffaroni, Eugenio Raúl, “El derecho latinoamericano en la fase superior del colonialismo”, Madres de la Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2015).

Esa segunda fase del colonialismo se logró con la dependencia de los países ya independizados ―a los que se les denomina periféricos―, principalmente respecto a sus economías, por eso están eternamente endeudados y saqueados por ese sistema global, lo cual fue ampliamente descrito por el escritor uruguayo Eduardo Galeano (“Las venas abiertas de América Latina”, Siglo XXI, México, 2009), y ha sido así debido a que el control económico provoca la dependencia jurídica, política y social de estos países de la periferia, pues existe dependencia alimentaria, tecnológica, científica y jurídica por parte de esa hegemonía centralizada. A eso se le se ha denominado globalización.

Esa globalización continúa. La dependencia con estos países centrales de todos los que forman parte de la periferia se presenta de diversas formas, pero hoy principalmente con las empresas transnacionales que han invadido la economía de la región, algo que vaticinaba el profesor N. Chomsky en relación con el riesgo de la firma del tratado de libre comercio entre la potencia económica más importante del mundo y la endeble economía mexicana de la década de los noventa (Chomsky, Noam, “Cómo funciona el mundo”, Katz, Argentina, 2013). Precisamente en dicho acuerdo, lejos de que se permitiera la exportación de productos de los campos mexicanos, se dio una dependencia alimentaria y la importación, en todas las poblaciones de nuestro territorio, de productos como alimentos y todo tipo de enseres y ropa proveniente del extranjero, lo que acabó con el campo en México. Lo mismo ha sucedido con esas mismas empresas en otros países de la región, so pretexto de la modernización de las regiones, que provoca el desplazamiento de las poblaciones en supuesto beneficio propio. Es lo que hoy sucede con la implementación de centros turísticos, de la industria minera y agrícola, de la creación de carreteras, que permiten expulsar más rápidamente de sus propias tierras a las poblaciones ancestrales de esas regiones.

 

 

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