Cómo se convirtieron estos alemanes corrientes

en alemanes autores de asesinatos en masa?

Zygmunt Bauman

 

Dr. Silvino Vergara Nava

 

En los últimos tiempos, se ha puesto en los medios de comunicación noticias recurrentes respecto a delincuentes que son linchados, masacrados, asesinados por la muchedumbre, que, harta de los robos, asaltos, violaciones y la incapacidad de los organismos estatales e, incluso, su propia complacencia, provoca que existan ese tipo de reacciones en una ciudadanía que no cuenta con alternativas más que defenderse (por cuenta propia) de esas acciones criminales. La prueba mayor son las autodefensas de los Estados de Michoacán, Tamaulipas y Veracruz, que son organizaciones conformadas por los propios particulares, tal y como sucedió en las décadas de los ochenta en Colombia (García, Villegas Mauricio. Jueces sin Estado. Bogotá: Siglo del Hombre, 2008).

La reacción de la población para llevar a cabo estos linchamientos se debe a la inseguridad, a la impotencia, a la ausencia de certidumbre del día a día, que provocan estas acciones (de la misma formal criminales), pero realizadas por la multitud, lo que significa, por tanto, que los responsables de las muertes de los delincuentes y sospechosos son todos y ninguno. Ahora bien, otra parte de la población se observa como indiferente de esas acciones, de estos linchamientos, frente a los cuales solamente se limitan a observar dichas acciones de muerte. Y, al respecto de estos, ¿se podría sostener que son responsables, ya que se trata de simples observadores, que no intervienen, y que lo único que demuestran es su indiferencia a la muerte de seres humanos? Para que se presente este fenómeno de la indiferencia, cita el sociólogo Zygmunt Bauman: “En opinión de Hebert C. Kelman, las inhibiciones morales ante las atrocidades violentas disminuyen cuando se cumplen tres condiciones, por separado o juntas: la violencia está autorizada, las acciones están dentro de una rutina, y las victimas de la violencia están deshumanizadas” (Bauman, Zygmunt. Modernidad y holocausto. Madrid; Sequitur, 2010).

Efectivamente, esto sucede con los sujetos que son linchados; la violencia está autorizada por la propia sociedad ante la ausencia de seguridad que otorgue el Estado y sus instituciones, las cuales se observan incapaces para controlar la delincuencia, los robos, asaltos, violaciones, secuestros, pues la injusticia y la delincuencia son en días y horas tanto hábiles como inhábiles. Por su parte, la justicia es solamente en días y horas hábiles, esperando los términos y plazos legales para proceder, lo cual lejos de proteger los derechos, tanto de delincuentes como de víctimas, provoca una burocracia estéril, que solamente beneficia la impunidad de unos y de otros.

Por otra parte, son tan comunes los robos, asaltos y delitos que los linchamientos son igual de comunes, por ello es que se convierten en acciones rutinarias. Basta con observar las mantas en las casas de muchas colonias de las ciudades mexicanas, que citan desde “vecinos organizados contra la delincuencia” hasta “no delincas, no te la vas a acabar”, que son muestra de esa rutina de delitos que se cometen al igual que los linchamientos que se presentan comúnmente.

Finalmente, el delincuente, una vez que es detenido por la muchedumbre, se convierte en un sujeto menos que humano, pierde su humanidad, se convierte en un ente susceptible a ser acribillado por la población y, después de esa acción, la indiferencia generalizada de la misma población, esperando ésta el siguiente evento. Todo ello demuestra la indiferencia de la muerte de esas personas por parte de la población como un derecho natural-colectivo recogido por la sociedad ante la impotencia de las instituciones del Estado o, incluso, ante su plena complacencia para que sucedan esos crímenes. Por ello, si el Estado se ha visto rebasado por los grandes capitales a los que no puede poner freno en sus acciones monopolicas, pareciera que sucede lo mismo en estas acciones, ahora de parte de la población que aparentemente lo eligió. De ser así, la torpeza estatal está causando su propia agonía.

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