Gustavo Rosas

Lo que dejó la tormenta

Confieso que esta semana se desataron dentro de mi todas las tempestades que puede sufrir un territorio que había sido paradisiaco por muchos meses.

Quedé peor que la zona diamante, no pude anticiparme a los estragos anímicos de un viaje frustrado, algo que esperé con tanta ilusión que ni yo mismo estaba consciente que me pudiera afectar tanto.

Vivir y tolerar la frustración me puso un reflector en el interior y ni cuento más de todo lo que ahí encontré, todo hecho un batidillo, un verdadero cajón desordenado…

Pero toda tempestad se termina realmente en la primera mañana apacible, cuando los mansos rayos del sol nos hacen meditar sobre lo ocurrido. Esto es lo que aprendí y lo que recordé:

Nada pierdo mientras no pierda el cariño de los míos, o mientras no lleve la tormenta al interior de la casa.
Hace falta una tormenta fuerte para podar por completo lo que sobra.
Cuando mi corazón se aficione mucho a algo, aunque sea a una idea o a una posibilidad, tengo que saber que la frustración será igual pero en sentido contrario.
No soy un territorio ajeno al clima. También hay tormentas en el paraíso.
Dios es una roca no un paraguas.
Lo que la tormenta interior dejó es lo más firme que tengo.
Vivir la frustración duele, se sufre pero se aprende.
Muchas tormentas las empieza un aleteo de mariposa interior, es decir, las provoco yo mismo.
Se vale sufrir siempre que no haga sufrir.
Lo que realmente importa es lo que me sostiene, no lo que me levanta.
Después del desastre debo limpiar de inmediato y no quedarme viendo los restos lamentándome de lo que no pudo ser.

Ya hace mejor clima, ahora no lo desperdiciaré quedándome guardado. Como dijo Odín: !A vivir!
Ánimo, ya pasó.

Gustavo Rosas Goiz
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Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
Lo que sé: cuenta.
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