No puedo negar que el año nuevo siempre me intimida, “tan grandote y tan miedoso” diría la Tucita. Es la sensación aumentada que me invade cuando salgo a un viaje de trabajo: temor, porque no se si estoy suficientemente preparado para enfrentar lo inesperado y, al mismo tiempo, me invade una humildad que me lleva a reconocer que necesito ayuda, que debo vencer mi falsa autosuficiencia para entender que dependo de otros, yo creo que esta es la parte buena del temor: que me dispone a pedir ayuda, que me recuerda que mi papel en la obra de la vida es importante pero que no soy el protagonista. Ya cuando le empiezo a decir “estoy preocupado” a la gente que me quiere me llueve una andanada de motivación que me levanta del banquillo porque me recuerdan que no estoy solo y que lo aprendido siempre cuenta, vamos, que me quite de autocompasiones y de derrotas por “de foul”.

También he de confesar que siempre he sido un temeroso que termina entrando nuevamente a la pelea, a un nuevo round (a un nuevo asalto, dirían los que le quitan el sabor a los términos boxísticos), tal vez soy un adicto a la adrenalina, digamos que a la “adrenalina de bolsillo” para ser mas preciso. Se que debo seguir avanzando pese a todo, pataleando como la rana para no ahogarme en la leche, hasta que se haga mantequilla.

Por esto me gusta la metáfora de la vida que hace Tolkien en el Hobbit, hoy tan de moda por la película, se trata de hacer lo que podemos, a pesar de nuestros miedos y debilidades, usando todos los recursos posibles, hasta que nos encontremos haciendo lo imposible, sin que abandonar la aventura sea la opción que tomemos.

Ánimo, el riesgo es una oportunidad disfrazada.

Gustavo Rosas Goiz
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Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
Lo que sé: cuenta.
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