Hace algunos años, un querido amigo me compartió el consejo que alguna vez le dio una amiga mutua y que ella, a su vez, recibió cuando se encontraba en un momento complicado de su vida: “es necesario distinguir entre los problemas y las tragedias”. Esta enseñanza me acompaña desde entonces, a pesar de que frecuentemente la olvido, y de pronto me descubro angustiado por “problemas”, comportándome como si fueran verdaderas tragedias, es decir, como si fueran de la magnitud de lo que no tiene solución y contra lo que no hay ya nada que hacer.

Si es necesario trabajar mucho para resolverlo, no es una tragedia.

Si hace falta levantarse más temprano, estudiar más, sacrificar algo que nos gusta, enfrentarse al reclamo o esperar más de lo que quisiéramos, pero se resuelve, entonces no es tragedia.

Si se resuelve con determinación, persistiendo o con mucha paciencia, entonces no es tragedia.

Si tengo que adaptarme al cambio, aunque sea muy doloroso, no es tragedia.

Si no me lo puedo comprar hoy, o si no me lo puedo comprar pronto, no es una tragedia.

Si no resultó como queremos, si no gané en esta ocasión, no es una tragedia.

Si es necesario volver a empezar para lograr lo que queremos, no es una tragedia.

Si se puede resolver no es tragedia.

Los problemas son el crisol en el que se fragua el carácter, enfrentarlos y superarlos es necesario para crecer. Es necesario el entrenamiento, a diferencia de cuando nos enfrentamos a las tragedias que nos revelan capacidades y fuerzas que no hemos entrenado ni sabíamos que teníamos porque vienen de Dios.

Es necesario distinguir, pido que sólo sean problemas los que nos salgan al paso.

Ánimo.

Gustavo Rosas Goiz
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Lo mío es contar, por eso cuento lo que se cuenta.
Lo que sé: cuenta.
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